Suya para Siempre

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Relato número 12 y ganador del Primer Concurso de Relato Erótico «DENTRO DE TI».

Suya para Siempre

A pesar de tener la tierna edad de 20 años, o al menos aparentarla, ella era sin duda una domina fuera de serie: culta, justa y sublime eran los adjetivos que mejor la definían, si es que alguien osara hacerlo alguna vez.

Desde luego, el rodaje que tenía superaba con creces las expectativas que nadie puede tener en una simple veinteañera. Ella sabía entender más allá de las palabras, distinguir los aromas más discretos y dar un toque de elegancia a los lugares más lúgubres y sombríos, como su mazmorra…

Después de años bajo la mano protectora de Amelia

y habiendo disipado todas sus dudas sobre mi entrega, me citó en su casa pasada la media noche, como era costumbre, para llevar a cabo una sesión no tan convencional.

Estaba tan nerviosa que casi me salto el protocolo que llevaba cumpliendo escrupulosamente los cuatro últimos años.

Debía llegar puntual, pues a la Hora de las Brujas yo debía estar en mi sitio a su plena disposición.

Abrí la puerta de la casa y tras saludar a Vlad, su precioso gato negro, bajé directamente a la mazmorra. Disponía de poco tiempo hasta que Amelia llegara de terminar sus asuntos, así que me apresuré a encender todas y cada una de las velas que inundaban los candelabros de la estancia, no se llama mazmorra por nada…

Cuando hube terminado me desnudé y situé a exactamente dos pasos y medio de aquel señorial sillón rojo que presidía la mazmorra, donde ella se sentaría antes de comenzar con, lo que había denominado, “la ceremonia”.

La había descrito como una sesión cualquiera que lo cambiaría todo. Yo simplemente tomé mi posición, de rodillas con las manos sobre mis muslos, espalda recta y mirada al suelo.

La tenue luz de las velas

dejaba entrever las siluetas de los múltiples aparatos de tortura, o placer, según se mire, que adornaban el espacio: la jaula de metal, las cadenas y grilletes colgantes, el cepo de madera de nogal…

Son algunos ejemplos que me hacían sonreír al mirarlos. A los pocos minutos la oí llegar, abriendo la puerta de la casa con un fuerte estruendo, llegó a parecerme que la había arrancado de las bisagras. Me sorprendería, pero cuando su excitación era tal, destrozar una puerta era norma, no excepción.

Escuché cómo bajaba las escaleras, el repiquetear del tacón contra la piedra todavía me erizaba la piel. Se sentó en su magnífico sillón y tras sentir su mirada de hielo recorriendo cada curva de mi cuerpo deleitándose con la corrección de mi postura, el espectáculo dio comienzo.

> Acércate y saluda como debes<

Obedecí gateando hasta ella mientras me clavaba la gélida roca del suelo en rodillas y manos, besé los tacones que tantas veces se habían incrustado en mi cuerpo y al terminar, tomó mi mentón con una mano para elevar mi mirada hasta encontrarse con la suya.

Una mirada gris que sólo parecía entrar en calor

con cada gesto de mi devoción por ella. Sus carnosos labios perfectamente inundados de un profundo color rojo sangre, como no podía ser de otra manera, me tenían en trance solo de mirarlos.

Aproximó su pálido rostro al mío, perfectamente enmarcado por esos largos tirabuzones negros, algunos de los cuales me acariciaron con la inercia del acercamiento y casi no pude resistirme a besarla, pero no me correspondía a mí tomar tal decisión, por muchas ganas que me reconcomieran por dentro.

¿Segura que quieres esto, verdad? Porque una vez hecho, no habrá vuelta atrás. Tú me pertenecerás, tu eternidad me pertenecerá< – Sí, Ama. Lo deseo más que nada en el mundo – > De acuerdo entonces.

Para proceder con el ritual, debo llevarte hasta el límite de tu dolor, después tengo que llevarte hasta el límite de tu vida. Todo se volverá negro entonces, no temas, cuando vuelvas a despertar serás un ser renovado que podrá servirme sin límite físico o mental alguno.

Repito, ¿es esto lo que quieres? < – Si esa es su voluntad, también es mi voluntad.

La sonrisa victoriosa que mostró al pronunciar esas últimas palabras me heló el alma. No cabía en mi gozo por complacerla, ni tampoco cabía en miedo por lo que se avecinaba.

Durante las próximas horas forzó mi cuerpo

de una forma que nunca había experimentado. Me detendría gustosamente a narrar al detalle todas las torturas físicas y psicológicas a las que me sometió, pero lo cierto es que tengo recuerdos borrosos de todo aquello, juraría que perdí el conocimiento en alguna ocasión.

Dejaré que sea Amelia quien os cuente todo el procedimiento, en otra ocasión… Agotada y bien sujeta en la Cruz de San Andrés me dio algo de tregua para recuperarme.

En un súbito movimiento, apretó su cuerpo contra el mío, y ladeando mi rostro con un tirón de pelo fluido pero sin brusquedad, inspiró el aroma de mi cuello como si de un depredador se tratara. Y con otro brusco movimiento se separó de mí, conteniendo su evidente sed de sangre.

Había llegado el momento, me liberó de mis ataduras y retomamos el punto de partida. Ella sentada, yo arrodillada a sus pies. Descubrió mi cuello y ladeó levemente mi cabeza para dejarlo bien expuesto, pude ver aquellos dos enormes colmillos que tantas otras vidas vi arrebatar.

No puedo explicar con palabras todo lo que sentí, pero puedo asegurar que el miedo no estaba presente en ningún momento. Clavó aquellas afiladas dagas blancas en mi inmaculado cuello y me desangró, como bien me había advertido, hasta que todo se volvió negro.

La fuerza se me escapaba por aquellos diminutos orificios

y a pesar de notar como mi vida se apagaba poco a poco, era imposible ignorar el éxtasis en el que ella estaba.

A punto de dar mi último aliento, se detuvo para darme de beber su sangre directamente de la muñeca izquierda. Jamás probé néctar más delicioso, ni volvería a catarlo en siglos.

Cuando consideró ser suficiente, despegó el cielo de mis labios y tras acariciarme el pelo con una delicadeza y cariño que jamás antes nadie me había transmitido, me collarizó con una hermosa gargantilla negra. Lo último que recuerdo antes de perder definitivamente el conocimiento fueron sus últimas palabras:

> Lo has hecho muy bien, Liv <

Alanna

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