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Cada cosa en su sitio

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(Tercer Concurso Relato Erótico DENTRO DE TI)

Cada cosa en su sitio

(Relato Nímero 13)

Por: Víctor J. Capitán

Ella llevaba un tiempo escatimándole sexo, al principio fue algo puntual, se sentía

perfectamente sumisa, entregada a su Señor, pero ese primer día dijo que no se
encontraba bien y él, sabedor de la larga temporada de preocupaciones que les acuciaban,
lo vio como algo razonable y no reclamó lo que era suyo. Pero poco a poco las cosas se
fueron acentuando, siempre era por algo razonable, siempre tenía lógica, siempre era
comprensible, y ella se comenzó a sentir cómoda en aquel estado, poco a poco se sintió
más segura y pasó, casi sin quererlo, a ver su entrega como algo opcional, según le viniese
en gana, «al fin y al cabo somos primales» pensaba ella sonriendo, «esto es la guerra».
Pero las cosas empezaron a dejar de funcionar, el engranaje, hasta entonces perfecto,
comenzó a rechinar.

Las vicisitudes de la vida hacen que un Amo y su sumisa tengan que

dedicar también tiempo a su parcela de personas, de pareja, a sus trabajos, a sus
amistades, a sus familiares y en ese maremágnum vital no lograban ver que aquello otro
que eran en la intimidad hacía aguas. Hasta aquel día en el que él, accidentalmente se topó
con unas publicaciones de ella en las que narraba el modo en el que se sentía pletórica por
burlar a su Amo, y al mismo tiempo lo despreciable que le parecía la imagen que le devolvía
el espejo. Él sintió un bofetón brutal, pocas cosas le habrían podido hacer tanto daño, y ese
daño se acentuó al encontrar, de manera igualmente accidental, cómo el último vibrador que
le había regalado a ella, era usado casi a diario.
-Bien, perfecto- la cólera por la burla le encendió el alma, sabía muy bien lo que iba a hacer,
y por donde empezar- Te vas a cagar.

Solamente tenía que dejar que se le pasase el cabreo, aquello lo quería solucionar tranquila y fríamente.

Aquella noche, al llegar a casa, ni la saludó, no hubo un «hola Eva, cielo, ¿qué tal el día?»,
como siempre, simplemente habló poco y a la hora de irse a la cama la desnudó. Eva al
principio no dijo nada, parecía agradarle. Diego, le introdujo los dedos entre las piernas,
hizo con ellos un gancho, como tantas otras veces, tiró fuertemente hacia arriba y… ella
quiso interponer una pega, luego una excusa, luego una justificación, después un problema
y solamente logró una voz ronca por respuesta.
Ella estaba ardiente, los dedos de su Señor, su forma de mirarla, de hablarle y de sujetarla
por el cuello eran su droga, pero necesitaba volver a esa dinámica de negación, quería una
vez más sentir que era capaz de doblegar a la bestia, pero los ojos de su Amo ya se habían
tornado muy negros, y eso solamente le pasaba cuando no había vuelta atrás. Aún así, trató
de luchar, de rebelarse, para únicamente encontrar un muro infranqueable en su semblante.

Toda ella, desde la cabeza hasta el coño iban a explotar.

Sentía una especie de cólera en él, algo desconocido, seductor y aterrador, la erección de su polla le hacía sentirse casi
enferma del deseo y la calentura.
Trata de tumbarse, de luchar, de remolonear, pero nada funcionaba, él seguía así pegado a
ella, aún sin desnudar, empalmado, masturbándola pero evitando que se corriese, sin soltar
su cuello y sin hablar en absoluto.
Estaba perpleja, y más aún cuando le hizo arrodillarse al tiempo que se sacaba, por fin, la
polla. Ante lo que el reflejo de él fue, en primer lugar, negarle el lamerla. Ella no daba
crédito, trató de acercarse y nada, necesitaba tenerla en su boca, lamerla, pero no pudo.
Inconscientemente se llevó la mano al coño.
-¿Te he dado permiso para tocarte, Puta Zorra?.
Ella dudó. Aquel tono…
-No.
Recibió un empellón.
-¿No qué?.
Definitivamente Eva supo que era mejor no jugar, pero es que además, su cuerpo lo sabía,
reaccionaba al margen de lo que le había gustado tanto de las últimas semanas. Estaba
bloqueada y no fue capaz de seguir manteniéndole a su Señor la mirada.
En otras circunstancias le habría llamado Puto Cabrón, pero no era el día.
-No mi Señor.

El esbozó una sonrisa amarga, y comenzó a masturbarse.

Estaba cargado, y aún así la
corrida tardó en llegar, pero cuando lo hizo no encontró la cara ni la boca abierta de ella,
como en otras ocasiones, sino su cabeza baja, gacha y silenciosa, avergonzada por el límite
al que, voluntaria o involuntariamente había llegado con su Amo.
-Y ahora límpiame con la lengua y no te toques- se dejó hacer deleitado en lo que veía y
sentía- Espero que esto también lo publiques, jodida Hija de Puta.
Una palidez mortecina cubrió los pómulos de Eva, se sintió morir.
-Lo siento mi Amo- deseaba llorar pero la tristeza era tal que ni eso lograba- Te he fallado.
-Lo sé, pero ya pasó

Víctor J. Capitán.

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